martes, 9 de noviembre de 2010

EL PUMA Y EL CERVATILLO


 " EL PUMA Y EL CERVATILLO"
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Un señor muy creyente sentía que estaba cerca de recibir una luz que le iluminara el camino que debía
seguir. Todas las noches, al acostarse, le pedía a Dios que le enviara una señal sobre cómo tenía que vivir el resto de su vida.
Así anduvo por la vida, durante dos o tres semanas en un estado semi-místico buscando recibir una señal divina.
Hasta que un día, paseando por un bosque, vio a un cervatillo caído, tumbado, herido, que tenía una pierna medio rota. Se quedó mirándolo y de repente vio aparecer a un puma. La situación lo dejó congelado; estaba a punto de ver cómo el puma, aprovechándose de las circunstancias, se comía al cervatillo de un sólo bocado.

Entonces se quedó mirando en silencio, temeroso también de que el puma, no satisfecho con el cervatillo, lo atacara a él. Sorpresivamente, vio al puma acercarse al cervatillo. Entonces ocurrió algo inesperado: en lugar de comérselo, el puma comenzó a lamerle las heridas.
Después se fue y volvió con unas pocas ramas humedecidas y se las acercó al cervatillo con la pata para que éste pudiera beber el agua; y después se fue y trajo un poco de hierba húmeda y se la acercó para que el cervatillo pudiera comer.
Increíble.
Al día siguiente, cuando el hombre volvió al lugar, vio que el cervatillo aún estaba allí, y que el puma otra vez llegaba para alimentarlo, lamerle las heridas y darle de beber.
El hombre se dijo:

Esta es la señal que yo estaba buscando, es muy clara. "Dios se ocupa de proveerte de lo que necesites, lo único que no hay que hacer es ser ansioso y desesperado corriendo detrás de las cosas".

Así que agarró su atadito, se puso en la puerta de su casa y se quedó ahí esperando que alguien le trajera de comer y de beber.
Pasaron dos horas, tres, seis, un día, dos días, tres días... pero nadie le daba nada.
Los que pasaban lo miraban y él ponía cara de pobrecito imitando al cervatillo herido, pero no le daban nada.
Hasta que un día pasó un señor muy sabio que había en el pueblo y el pobre hombre, que estaba muy angustiado, le dijo:

- Dios me engañó, me mandó una señal equivocada para hacerme creer que las cosas eran de una manera y eran de otra. ¿Por qué me hizo esto? Yo soy un hombre creyente...

Y le contó lo que había visto en el bosque.
El sabio lo escuchó y luego dijo:
- Quiero que sepas algo. Yo también soy un hombre muy creyente.
Dios no manda señales en vano. Dios te mandó esa señal para que aprendieras.
El hombre le preguntó:
- ¿Por qué me abandonó?

- ¿Qué haces tú, que eres un puma fuerte y listo para luchar, comparándote con el cervatillo?
Tu lugar es buscar algún cervatillo a quien ayudar, encontrar a alguien que no pueda valerse por sus propios medios.

lunes, 8 de noviembre de 2010

LA PORTERIA DEL CIELO

  "  LA PORTERIA DEL CIELO "
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EL tio paciencia era un pobre zapatero que vivía y trabajaba en un portal de Madrid. Cuando era aprendiz asistía un día a una conversación entre su maestro y un parroquiano, en la cual éste mantenía que todos los hombres eran iguales. Después de pensar largo rato el aprendiz, al fin preguntó al maestro, si era verdad lo que había oído decir
—No lo creas,—repuso éste.—Sólo en el cielo son iguales los hombres

Se acordaba de esta máxima toda su vida, consolándose de sus penas y privaciones con la esperanza de ir al cielo y gozar allá de la igualdad que nunca encontraba en la tierra. En toda adversidad solía decir:—Paciencia, en el cielo seremos todos iguales.—A esto se debía el apodo con que era conocido, y todos ignoraban su verdadero nombre.

En el piso principal de la casa, cuyo portal ocupaba el pobre zapatero, vivía un marqués muy rico, bueno y caritativo. Cada vez que este señor salía en coche de cuatro caballos decía para sí el tío Paciencia:

—Cuando encuentre a vuecencia en el cielo, le diré: 'Amiguito, aquí todos somos iguales'. Pero no era sólo el marqués el que le hacía sentir que en la tierra no fuesen iguales todos los hombres, pues hasta sus amigos más íntimos pretendían diferenciarse de él. Estos amigos eran el tío Mamerto y el tío Macario.

Mamerto tenía una afición bárbara por los toros; y una vez, cuando se estableció una escuela de tauromaquia, estuvo a punto de ser nombrado profesor. Este precedente le hacía considerarse superior al tío Paciencia, quien reconocía esta superioridad y se consolaba con la máxima sabida. Macario era muy feo; pero, no obstante, se había casado con una muchacha muy guapa. Por razones que ignoramos había salido muy mal este matrimonio, y cuando al cabo de veinte años de peloteras murió la mujer, el buen hombre se quedó como en la gloria. Pero poco tiempo después se encalabrinó con otra muchacha muy linda también, y se casó otra vez a pesar de las protestas del tío Paciencia, que consideraba esto una enorme tontería.

 Como el tío Paciencia nunca había conseguido que las mujeres le amasen, mientras habían amado a pares al tío Macario, éste creía tener cierta superioridad sobre su amigo. El tío Paciencia la reconocía y se consolaba con la máxima que ya sabemos. Un día cuando llovía a cántaros Mamerto quiso asistir a una corrida de toros. El tío Paciencia trató de quitárselo de la cabeza, pero en vano. Al volver a casa Mamerto fué obligado a meterse a la cama a causa de un tabardillo, que al día siguiente se le llevó al otro mundo. Aquel mismo día estaba muy malo el tío Macario de resultas de un sofocón que le había aplicado su mujer. Gracias al tratamiento de su segunda mujer el pobre hombre no podía resistir grandes sustos, y la inesperada noticia de la muerte de su amigo le causó tal sobresalto que expiró casi al instante.

Extrañando que en todo el día no hubiese visto a sus dos amigos el tío Paciencia al anochecer fué a buscarlos. La terrible noticia de la muerte de los dos fué para él como un escopetazo, y aquella misma noche se fué, tras sus amigos tomando el camino del otro mundo.

A la mañana siguiente el ayuda de cámara del marqués entró con el chocolate, y tuvo la imprudencia de decir a éste que el zapatero del portal había muerto al saber que habían expirado casi de repente dos amigos suyos. Como el marqués era un señor muy aprensivo, y como por aquellos días se temía que hubiese cólera en Madrid, se asustó tanto que pocas horas después era cadáver, con gran sentimiento de los pobres del barrio.

El tío Paciencia emprendió el camino del cielo muy contento con la esperanza de gozar eternamente de la gloria, de vivir en el mundo donde todos los hombres eran iguales, de encontrar allí a sus queridos amigos Mamerto y Macario, y de esperar la llegada del marqués para tener con él la anhelada conversación que ya se había repetido para sí mil veces durante su vida. En cuanto a Mamerto no dejaba de tener unas dudillas, porque se acordó de que éste durante la vida había dicho más de una vez:—Por una corrida de toros dejo yo la gloria eterna.

Fué interrumpido en estas reflexiones el tío Paciencia viendo venir del cielo un hombre que daba muestras de la mayor desesperación. Se detuvo pasmado al reconocer a su amigo.
—¿Qué te pasa, hombre?—preguntó al tío Mamerto.

—¿Qué diablo me ha de pasar? Me han cerrado para siempre las puertas del cielo.

—Pero ¿cómo ha sido eso, hombre? Habrá sido por tu pícara afición a los toros.

—Algo ha habido de eso. Escucha. Llegué a la portería del cielo y encontré allí un gran número de personas que aguardaban para entregar el pasaporte para el otro mundo. El portero que revisaba los papeles gastaba mucho tiempo con preguntas y respuestas antes de permitir la entrada. Al oír que rehusó la entrada a un pobre diablo por haber sido demasiado aficionado a los toros, comprendí que ya no había esperanza para mí. Entonces me mezclé entre la gente, aguardando una ocasión para colarme dentro sin que me viera el portero. A los pocos momentos da éste una media vuelta, y ¡zas! me cuelo en el cielo. Daba yo ya las gracias a Dios por haberlo hecho, porque dentro estaba uno como en la gloria. De repente le da la gana al portero de contar los que estaban en la portería, y nota que le falta uno.
—Uno me falta,—grita hecho un solimán.
—Y apuesto una oreja a que es ese madrileño.—Entonces veo que llama a unos músicos que había alrededor de Santa Cecilia, y ellos pasan a la portería. Algunos minutos más tarde oigo que tocan "salida de toros", y yo, bruto de mí, olvidando todo y creyendo que hay corrida de toros en la portería, salgo como una saeta a verla. El portero, soltando la carcajada, me dió con la puerta en los hocicos, diciéndome:—Vaya Vd. al infierno, que afición a los toros como la de Vd. no tiene perdón de Dios.

Ambos continuaron su camino; el tío Paciencia el del cielo, que era cuesta arriba, y el tío Mamerto el del infierno, que era cuesta abajo.

No había andado largo rato cuando tropezó con el tío Macario, que venía también del cielo y marchaba con la cabeza baja. Los dos amigos se abrazaron conmovidos.

—¿Tú por aquí, Paciencia?—dijo el tío Macario.—¿Adonde vas?
—¿Adonde he de ir? Al cielo
—Difícil será que entres.
—¿Porqué?
—Porque es muy difícil entrar allí.
—¿Y cuál es la dificultad?
Escucha, y verás. Llegamos otro y yo a la puerta, llamamos, y sale el portero.—¿Qué quieren Vds.? nos pregunta.—¿Qué hemos de querer sino entrar?—contestamos.—¿Es Vd. casado o soltero?—pregunta el portero a mi camarada.—Casado, contesta él.—Pues pase Vd., que basta ya esta penitencia para ganar el cielo, por gordos que sean los pecados que se hayan cometido.—Estuve yo para colarme dentro detrás de mi compañero, pero el portero, deteniéndome por la oreja, me pregunta:—¿Es Vd. casado o soltero?—Casado, dos veces.—¿Dos veces?—Sí, señor, dos veces.—Pues vaya Vd. al limbo, que en el cielo no entran tontos como Vd.
Cada uno seguía su camino. Al fin el tío Paciencia divisó las puertas del cielo, y se estremeció de alegría, considerando que estaba ya a medio kilómetro del mundo donde todos los hombres eran iguales. Cuando llegó a la portería vió que no había en ella un alma. Fué a la puerta y dió un aldabazo muy moderado. Apareció en un ventanillo al lado de la puerta el portero que preguntó:—¿Qué quiere Vd.?

—Buenos días, señor—contestó el tío Paciencia con la mayor humildad, quitándose el sombrero—quisiera entrar en el cielo, donde, según he oído decir, todos los hombres son iguales.
—Siéntese Vd. en ese banco, y espere a que venga más gente. No vale la pena el abrir esta pesada puerta por un solo individuo.
El portero cerró el ventanillo, y el tío Paciencia se sentó en el banco. No estuvo allí mucho tiempo cuando oyó un escandaloso aldabazo. Dirigiendo los ojos en la dirección del ruido Paciencia reconoció a su vecino, el marqués. Al mismo tiempo se oyó desde adentro el portero que gritó con voz de trueno:—¡Hola! ¡Hola! ¿Quién es este bárbaro que está derribando la puerta?

—El excelentísimo señor marqués de la Pelusilla, grande de España de primera clase, caballero de las órdenes de Alcántara, de Calatrava, de Montesa y de la Toisón, miembro de la cofradía del cordón de San Francisco, senador del reino, etc., etc.

Al oír esto el portero abrió de par en par la puerta, quebrándose el espinazo a fuerza de reverencias y exclamando:—Ilustrísima vuecelencia, tenga Vd. la bondad de perdonarme si le he hecho esperar un poco, que yo ignoraba que era Vd. Ya hemos recibido noticia de la llegada de su excelencia. Pase, vuecelencia, señor marqués, y verá que todo se ha preparado para el recibimiento del caballero más ilustre, piadoso, distinguido y rico de España.
En el centro del cielo se veía la orquesta celeste de ángeles bajo la dirección del arcángel Gabriel. Detrás de ellos estaba colocado un coro de vírgenes todas vestidas de blanco y con coronas de flores. Al lado izquierdo se hallaba un órgano teniendo cañones de oro, delante del cual estaba sentada la Santa Cecilia. Al lado derecho estaba el rey David con una arpa de oro. En una plataforma estaban los célebres músicos que habían destrozado las murallas de Jericó, hace ya muchos Siglos.

Al primer paso que dió el marqués entonaron éstos una fanfarria que demostraba claramente que no había desmejorado su arte. Casi al mismo instante, luego que el marqués hubo atravesado el umbral, fue cerrada la puerta, y el pobre tío Paciencia no pudo ver nada más. Pero oía harmonías tales como jamás había oído en la tierra.
El tío Paciencia se quedó en su banco cavilando y ponderando todo lo que acababa de ver y oír.—¡Zapatazos!—dijo para sí.—He pasado toda mi vida sufriendo con santa paciencia todos los trabajos y humillaciones de la tierra, creyendo que en el cielo todos los hombres serían iguales. ¿Y qué me sucede? Aquí, a la puerta del cielo he de presenciar la prueba más irritante de desigualdad.

 Abierta la puerta del ventanillo sacó al tío Paciencia 25 de sus cavilaciones.—¡Calla!—exclamó el portero, reparando en el tío Paciencia.—¿Qué hace Vd. ahí, hombre?—Señor,—contestó humildemente éste,—estaba esperando...—¿Porqué no ha llamado Vd., santo varón?—Ya ve Vd., como uno es un pobre zapatero...—¡Qué habla Vd. de pobre zapatero, hombre! En el cielo todos los hombres son iguales.—¿De veras?—exclamó el tío Paciencia, dando un salto de alegría.—Y muy de veras. Categorías, clases, grados, órdenes, todo eso se queda para la tierra. Pase Vd. adentro.

El portero abrió, no toda la puerta como cuando entró el marqués, sino lo justo para que pudiera entrar un hombre. Entró el tío Paciencia, y se detuvo sorprendido. No había ni orquesta ni coro ni músicos. El portero, que adivinó la causa de esta penosa extrañeza, se apresuró a desvanecer eso, hombre, que se ha quedado Vd. como imagen de piedra?—¿No me ha dicho Vd. que en el cielo todos los hombres son iguales?
—Sí, señor, y he dicho la verdad.—Y entonces, como el marqués...—¡Hombre! no hable Vd. disparates. ¿No ha leído Vd. en la Sagrada Escritura que más fácil es que entre un camello por el ojo de una aguja que un rico en el cielo? Zapateros, sastres, herreros, labradores, mendigos, majaderos, tunantes, éstos llegan aquí a todas horas, y no tenemos por novedad su llegada. Pero se pasan siglos enteros sin que veamos a un señor como el que ha llegado hoy. En tal caso es preciso que echemos la casa por la ventana.

                          ¡ES UN POCO LARGO PERO ES GRACIOSO!

sábado, 6 de noviembre de 2010

LA LIEBRE Y EL TIGRE

" LA LIEBRE Y EL TIGRE "
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Un día dando un paseo por el monte, vio sorprendido como una pequeña  liebre  le llevaba comida a un enorme tigre malherido, el cual no podía moverse.  Le impresionó tanto este hecho, que regresó al día siguiente para ver si el comportamiento de la liebre era casual o habitual.

Con enorme sorpresa pudo comprobar que la escena se repetía:  la liebre dejaba un buen trozo de carne cerca del tigre.  Pasaron los días y la escena se repitió de un modo idéntico, hasta que el tigre recuperó las fuerzas y pudo buscar comida  por su propia cuenta.

Admirado por la solidaridad y cooperación entre los animales, se dijo:  " no todo está perdido. Si los animales, que son inferiores a nosotros, son capaces de ayudarse de este modo, mucho más lo haremos las personas ". Y decidió hacer la experiencia:

Se tiró al suelo, simulando que estaba herido, y se puso a esperar que pasara alguien y le ayudara. Pasaron las horas, llegó la noche y nadie se acercó en su ayuda.  Lo intentó de nuevo al día siguiente, y ya se iba a levantar, mucho más decepcionado que cuando comenzamos a leer esta historia, con la convicción de que la humanidad no tenía el menor remedio.

Sintió dentro de sí todo el desespero del hambriento, la soledad del enfermo, la tristeza del abandono. Su corazón estaba tan devastado que casi no setia deseo de levantarse.  Entonces, allí, en ese instante, lo oyo...
¡Con qué claridad, qué hermoso!, una voz, muy dentro de él le dijo: Si quieres encontrar a tus semejantes, si quieres sentir que todo ha valido la pena, si quieres seguir creyendo en la humanidad, para encontrar a tus semejantes como hermanos, deja de hacer de tigre y simplemente sé la liebre.

" MORALEJA "
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Cuando uno es generoso, con la intención de recibir algo a cambio o de obtener una buena reputación o de ser aceptado, entonces no esta actuando como un ser generoso.  Pues hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos  de los otros es contrario a la generosidad.

jueves, 4 de noviembre de 2010

EL MENSAJE DEL ANILLO

" EL MENSAJE DEL ANILLO "
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Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre.....

Tiene que ser un mensaje pequeño de manera que quepa debajo del diamante del anillo. Todos los que escuchaban eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudiera  ayudar en momentos de desesperación total...Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que tambien había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que tambien lo consultó. Y éste le dijo:- No suy un sabio,ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje.

Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico.... Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje.  El anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dió al rey-. Pero no lo leas le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino.... Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguian. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. LLegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin.Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino.

Ya  podía escuchar el trotar de los caballos.  No podía seguir hacia  delante y no había ningún otro camino...De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: simplemente decía " ESTO TAMBIEN PASARÁ ". Mientras leía " esto tambien pasará " sintió que se cernía sobre él un gran silencio.

Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos. El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas.

Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejército y reconquistó el reino.  Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes...y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El  anciano estaba a su lado en el carro y le dijo :- Este momento también  es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.- ¿ Qué quieres decir ? - preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.

Escucha- dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para  situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; tanbién es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero. El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: " ESTO TAMBIEN PASARÁ ", y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido.

El rey pudo terminar de comprender el mensaje.  Se había iluminado. Entonces el anciano le dijo:
Recuerda que todo pasa.  Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la  noche, hay  momentos de alegría y momentos de tristeza... Acéptalos como parte  de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.


domingo, 31 de octubre de 2010

LA SEMILLA DE LA MOSTAZA


" LA SEMILLA DE LA MOSTAZA "
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La esposa de un rico comerciante estaba muy apenada por la perdida de su único hijo, un niño que acababa de morir, cuando empezaba a andar.  En su pena la Sra Gantami llevaba al niño muerto a todos los vecinos de  Kapilavastu, pidiéndoles una medicina. Al verla, la gente sacudía la cabeza con tristeza, pues se apiadaban de ella.

" ¡ Pobre mujer !" dijo un desconocido que miró los ojos del niño  y vio que estaba muerto, " la pena le ha hecho perder el sentido." A este niño ya no le pueden ayudar las medicinas, pero le digo, yo, conozco a un médico que puede darte lo que necesitas. Por favor  señor dígame donde puedo encontrar ese médico. Buena mujer, ve a ver shakyamuni, que reside ahora en el parque Bania.

Acudió a toda prisa ante el Perfecto, y le dijo. ¡ Reverendo  Señor, dame la medicina que curará a mi hijo ! le dijo llorando.  El  Señor de la compasión le dijo, ha hecho bien en venir aqui  a buscar esa medicina.  Ve a la ciudad y consigue un puñado de semillas de mostaza, le dijo el Perfecto, añadiendo después:  las semillas de mostaza deberán cogerse de una casa en la que nadie haya perdido un niño, esposo, padre, o amigo.

¡Si Señor exclamó la Sra.!  ¡ Conseguiré las semillas de mostaza enseguida !. La pobre señora Gantami fue de casa en casa con su petición, y la gente apiadandose de ella le decía:  Aquí tienes las  semillas de mostaza, coge todas las que quieras. Entonces la Sra Gantami les preguntaba : ¿ Ha muerto en su familia algún hijo o hija, padre o madre, o algún amigo, esposo o esposa ?  ¡ Ay los vivos son pocos, pero los muertos muchos. ¡ No nos recuerde nuestras penas más profundas !.

Y no hubo ninguna casa en la que no hubiera muerto algún pariente, algún ser querido.  Fatigada y con la esperanza perdida, se sentó al lado del camino, observando apenada las luces de la ciudad que parpadeaban encendiendose y volviéndose a apagar.  Y  finalmente, las sombras profundas de la noche sumergieron el mundo en la oscuridad.  Considerando el destino de los seres humanos, el hecho de que sus vidas se encienden para volverse a extinguir, la desconsolada madre comprendió de pronto que el Reverendo, en su compasión por ella la había enviado para que comprendiera la verdad.

¡Que egoista soy en mi pena ! pensó " la muerte es universal " dejando a parte el egoísmo de su afecto por su hijo, tomo el cuerpo muerto del niño y lo puso sobre un montón de flores silvestres.  Hijito le dijo tomando la mano del niño.  Pensaba que la muerte sólo te había sobrevenido a ti, no es a ti sólo, pues  es común a todas las gentes.

Gantami regreso  ante el Reverendo, y este le dijo, conseguiste la semilla, eso Señor, ya ha pasado, concédeme tu apoyo. Dijo el Reverendo buena mujer, la vida de los mortales en este mundo se ve perturbada y es breve, e inseparable del sufrimiento. Pues no hay ningún medio, ni lo habrá nunca, por el que los que han nacido puedan evitar la muerte.  Todos los seres son de tal naturaleza que deben morir, alcancen o no la vejez.

DESCANSEN EN PAZ TODOS LOS DIFUNTOS.

sábado, 30 de octubre de 2010

LAS DOS ÁGUILAS

" LAS DOS ÁGUILAS "
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Eran dos águilas... Una volaba alto y se encumbraba por las alturas y era muy consciente de su poder...La otra apenas se elevaba por sobre el suelo y miraba a la otra con envidia y solo quería volar como ella...Un día el águila vió a un cazador armado de arco y flechas y le dijo, " Deseo que mates a esa águila cuando esté volando por los aires ".

El cazador dijo que podía hacerlo, solo que necesitaba unas plumas para su flecha. Así que el águila envidiosa sacó una de sus plumas de un ala y se la pasó al cazador. El cazador lanzó la flecha pero no pudo alcanzar la otra águila porque ésta andaba volando demasiado alto. Pidió al águila que se sacara otra pluma y luego otra...

Repetidas veces falló el cazador y el águila le pasó tantas plumas que ya había perdido todas las plumas de sus alas y ella misma ya no podía volar. El arquero, que no pudo matar el águila voladora, tomó ventaja de la situación, y dio la media vuelta y  mató al águila envidiosa...

Y así suele sucederle a los envidiosos, " lo que desean para el otro termina sucediéndole a ellos "...La envidia encierra carencias y frustación. El envidioso sufre mucho porque se siente inferior  al envidiado y en su loca carrera por tratar de ser como él, generalmente cae ridiculizado ante sus propias bajas acciones que siempre quedan en evidencia

No tienes porque ser como los otros. Desarrolla tu Ser y entonces te sentirás tan pleno con la vida que tienes que ya no querrás tener la vida de los demás...

" MORALEJA "
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La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás muestra cuanto se aburren.  Si hubiera un solo hombre inmortal sería asesinado por los envidiosos. Nuestra envidia dura más que la dicha de aquellos que envidiamos.

viernes, 29 de octubre de 2010

PADRE NUESTRO QUE ERES DE TODOS

" PADRE NUESTRO "
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Padre nuestro, que eres de todos, también de los ladrones, los drogadictos, las prostitutas, vecinos que nos caen mal, amigos que no piensan como nosotros, de los amigos de derecha e izquierda y hasta de los chivatos.  Buena  noticia  que lo es de todo.  Que estás en los cielos y en la tierra, los suburbios, las cárceles, los hospitales, las universidades.

Santificado sea tu nombre, que veamos que es Santo hasta en los suspensos, en las riñas, en los problemas que nos producen dolor de cabeza, en los dolores que nos producen desesperación. Venga a nosotros tu Reino, tu reino ahora, un reino de hechos, que todos juntos, mano con mano, lo debemos trabajar.

Hágase tu voluntad qué dura es tu voluntad! que tengamos claro que la voluntad de Dios no es la de los hombres; la de Dios es amarnos, estar a orilla del que lo pasa mal, estar a su servicio, aunque el otro no me guste. Así en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy, pero también a los gitanos, a los cesantes, despedidos, y por qué no, el pan de la cultura y la justicia diaria.  Perdónanos nuestras deudas, nuestros rencores, nuestros malos humores, nuestras intrasigencias, nuestras impaciencias, nuestra lengua demasiado larga, nuestras impertinencias, nuestras incoherecias.

Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.  ¡ Esto es otro cantar! nuestros deudores son siempre peor que nosotros, sus críticas, sus pesadeces, sus molestias, sus orgullos,  los desprecios, el dinero y la falta de comprensión..  

No nos dejes caer en la tentación, de vanidad, de aparentar más que los demás, del dinero, orgullo, poder, comodidad, juzgar a los demás, de que me hagan las cosas, de escurrir el bulto, de hacer la cimarra, de no dar la cara, de no intentar entender a los demás.

Más líbranos del mal , de la sociedad de consumo, vinos, joyas, autos, excesos de juguetes, parrilladas, gastos superfluos, para sentirnos más libres y ser un mejor testimonio para todos nuestros hermanos.

                                                             Amén.

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A TODOS MIS SEGUIDORES Y VISITANTES, GRACIAS POR ESTAR AHÍ. UN ABRAZO, ANTONIA.